Querid@s Hij@s: ¡Que descansen en paz!


Acaba el mes de noviembre y el domingo pasado por la noche murió mosén Beunza, un sacerdote santo de nuestra ciudad al que vamos a echar mucho de menos. Por eso no me resisto a hablaros un poco de la muerte y de los difuntos, de nuestros difuntos.
Cuando se van cumpliendo años se hace cada vez más fácil hablar con normalidad del tema de la muerte y de los muertos. Si esto no es así, hay algún mal rollo pendiente de solución.
Por ley de vida nos vamos acercando a ese momento, y es lógico en esta época y edad hablar de lo más importante y que a todos nos preocupa más o menos y de lo que la muerte nos depara. Conviene ir haciendo balance y arreglando alguna cosilla que nos podría estar quitando la paz. No vaya a ser que llegue nuestro último momento y nos dé por pensar en lo que tenía que haber sido y no fue. Por eso es importante rezar para tener una buena muerte y, por nuestra parte, tenerlo todo aclarado con Dios.
Que podamos decir, como abuelo Ireneo pocos días antes de su muerte, “lo tengo todo arreglado con Dios y con los hombres, ya me puedo morir”. Sería absurdo para un cristiano pasar toda la vida preparando bautizos, primeras comuniones, bodas y banquetes y no preparar la vida eterna, que es lo que más va a durar (eternamente).
Por eso siempre que vamos al cementerio de Carbonero comentamos, entre risas y bromas, dónde nos enterraremos cuando muramos.
Aunque el sitio no es lo más importante, no es verdad que da igual después de morir dónde nos coloquen.
Sobre todo, no es lo mismo para la familia. Si no decidme por qué tanto afán por localizar a los muertos desaparecidos en épocas de conflicto o guerra. Las buenas familias descansan cuando localizan los restos de su familiar perdido y pueden honrarle. A muchos nos gusta saber dónde están los restos de la gente a la que quisimos mucho.
Algunas veces da un poco de pena ver cómo se trata a los difuntos porque da la impresión de que no tenemos ni tiempo ni ganas para un asunto “tan incómodo y feo”. Con lo bonita y humana que es la idea cristiana de la muerte, como paso para llegar al cielo.
Y qué bonito que los niños vayan a velar y despedir a sus abuelos y luego recen por ellos. Nos sirve también para ir hablándoles de la muerte. A los padres muchas veces nos asusta hablarles de ella. Y algunos piensan que si no la nombran, si en casa no se habla de la muerte, si no les llevan al tanatorio a despedir a sus abuelos, profesores y otras personas queridas, en resumen, si no se enteran de que la muerte existe, les están protegiendo.
Pero pienso que no es así.
La mayoría de los niños, según van creciendo, van comprendiendo que la vida se acaba, que un día u otro se morirán sus padres, que ellos mismos se van a morir también y esto lleva muchas veces a angustias nocturnas, miedos,… que se hacen más agobiantes para ellos al no saber o no atreverse a verbalizar lo que les pasa.
Me acuerdo de N. que una noche cuando era pequeño lloraba en la cama y después de mucho preguntarle el motivo y no saber cómo consolarle, me dijo: “Mamá, ¿y si me muero qué?”.
En casa siempre os comentábamos que al morir íbamos al Cielo y que aquello sería estupendo, todo sería felicidad y podríais comer las chucherías que quisierais.
Al verle tan preocupado y para consolarle añadí: “Además, tranquilo, porque yo creo que te vas a morir de muy viejo”. N. estuvo un rato pensando y me dijo: “Y qué voy a hacer en el cielo si a los viejos no les gustan las chuches”. La risa que me dio le quitó el miedo del momento.
Yo pienso que les hacemos un mal mayor cuando no hablamos del tema.
Este verano uno de mis querid@s niet@s me transmitió su angustia y asfixia cuando en el colegio le explicaban que el cielo era para siempre, para siempre.
Es muy comprensible, le dije, por eso es mejor no pensarlo mucho y afanarte en querer cada vez más a Dios y fiarte de Él. Así no dudarás de su amor y de que si confías en Él, te reserva lo mejor y te lleva de la mano a donde sea.
Muchas veces no se habla con los niños de la muerte porque el padre, madre, profesor o quien sea no se tiene solucionada la respuesta. Es el momento de ponerse a ello, porque nadie serio vive sin afrontar las grandes preguntas de la vida. Si hay algo que merece gastar todas las energías posibles, aquí lo tenemos.
Los cristianos queremos ir al Cielo. Por eso los enfermos graves reciben la unción de enfermos al morir, luego les velamos, les rezamos y el sacerdote dice responsos por su alma. Porque creemos en el cielo y que rezando por él o ella ayudamos a que su alma llegue al cielo con la misericordia de Dios.
Y también por eso pedimos oraciones a nuestros conocidos, celebramos un funeral de despedida en su honor en el que damos gracias a Dios por haberle tenido entre nosotros y pedimos por su alma.
Por eso le enterramos y le vamos a ver, a rezarle y le llevamos flores de vez en cuando.
Y por eso seguimos ofreciendo Misas e indulgencias por su alma. ¡Qué suerte poder seguir haciendo algo por nuestros seres queridos que ya se han ido!
El pasado 1 de noviembre fuimos por la tarde un buen grupo de hijos, nietos y biznietos con abuela al cementerio de Carbonero. Allí todo el pueblo se congrega alrededor de las tumbas de sus familiares. Todas estaban llenas de flores, como detalle de cariño y se rezaba por los abuelos, padres, hijos, hermanos, amigos y demás seres queridos difuntos. El sacerdote fue pasando y diciendo varios responsos mientras cada familia acompañaba la lápida de los suyos.
Por la noche, ya en casa, conectamos por zoom con todos los que pudisteis (hijos, tíos y primos) y rezamos un rosario por los padres y abuelos que ya no están con nosotros.
La Iglesia, además de enterrar el cuerpo, acepta la incineración del mismo, pero puntualiza que las cenizas se deben guardar o enterrar en un lugar sagrado. No vale eso de tirarlas en el sitio favorito del difunto, por ejemplo. Aunque es algo muy extendido, a mí personalmente me costaría mucho la incineración de mis seres queridos. Si llegara el caso, qué pena dejar que os quemen a papá o a vosotros, por muy muertos que estéis (qué macabro suena…) Pero por supuesto, la libertad prima en esa elección de cada uno.
Qué bonito es cuando todas las tardes de verano, de camino a la ermita para que los niños jueguen, pasáis todos en coche por delante del cementerio del pueblo. Los niños se asoman por las ventanillas chillando: “¡Adiós abuelo Mariano, adiós!”, y le tiran algún beso, a la vez que los padres tocáis el claxon. Y en fechas señaladas rezamos al pasar por ahí un Avemaría por abuelo.
Esta actitud la fomentáis los padres que sois buenos hijos y buenos nietos, pero no hace falta insistir mucho. Para los pequeños es como un juego y los más mayorcitos lo van interiorizando y su oración se hace personal.
Es de derecho natural respetar y venerar a nuestros difuntos y debería salir fácilmente, como sin querer.
Les queremos en el cielo porque son nuestra familia, porque les queremos mucho y porque somos lo que somos gracias a ellos. Les debemos mucho.
Un fuerte abrazo.
Mamá
