Querida mamá: al fin me caso.

Querida mamá:  

Como no podía ser de otra manera, tu hijo más desastre te hace llegar una carta que te prometí hace varios meses. Gracias a mi desorden, puedo hablarte también un poco de la “nueva normalidad”, tan especial en mi caso, como sabes.

El confinamiento lo pasé en Pamplona, en casa de Cecilia y Carlos, con sus 5 elementos. En riguroso orden: Cecilita, Clara, Pedro, Julieta y Carola. Gracias a Dios estuvimos muy bien. Al principio, un poco de caos. Luego Cecilia se preocupó de que conseguir ordenadores para que cada niño pudiera asistir a las clases. La verdad es que fue muy crack. A pesar de que Carlos y yo le decíamos que no se esforzase tanto, que era un lío tanto ordenador y no iba a compensar, en abril cada sobrino mío tenía un ordenador (de un compañero de trabajo, de una amiga, un vecino…) y todas las mañanas teníamos una pequeña rutina ya montada. Gracias a ello los niños pudieron estar al día con sus clases online. Supongo que ahí está la diferencia entre una madre y un padre (o un tío, claro).

Y quitando eso, nos lo pasamos pipa, como pudisteis ver en los vídeos y demás material que os íbamos enviando.

Mi otra cara del confinamiento fue la incertidumbre.

Como sabes, Nere, ya mi exnovia, se quedó en Pamplona también, viviendo con las amigas de su piso. Con fecha de boda ya puesta, nos daba pena separarnos y estar cada uno en una ciudad (ella sobre todo tuvo todo el mérito de esa decisión). Fue una buena elección, ya que, a pesar de sólo hablar por teléfono y videollamadas, el saber que estábamos en la misma ciudad nos daba la sensación de cercanía.

¡Qué ganas teníamos devernos y qué ganas de casarnos!

También sabíamos que eso facilitaba el que, en cuanto dejasen salir, nos podríamos ver enseguida. Y así fue. De otra manera habríamos tenido que esperar otro mes para vernos, y a pocas semanas de la boda a uno le apetece ver a su novia.

La incertidumbre de la que te hablaba vino por el hecho de que no sabíamos si íbamos a poder celebrar nuestra boda el 4 de julio en Bilbao.

Sólo teníamos clara nuestra intención de casarnos con fiesta o sin fiesta.

Puede sonar egoísta – muchísima gente ha tenido problemas bastante más serios durante esos meses.

Es verdad que no tenía fuerza moral para quejarme, pero cada uno lidiaba con lo que tenía y para mí era cada vez más apremiante casarme ya.

También el confinamiento tuvo una connotación que me afectó. Era el factor tiempo.

De repente tenía mogollón de tiempo para pensar. Y eso no significa, al menos para mí, algo siempre bueno:

El caos mundial, las noticias de gente y más gente muriendo, mi trabajo que se fue al garete por culpa de la situación, una boda en el horizonte…

¡Qué agobio!

Supongo que en cierto modo fortalecí mi fe, aunque no te negaré que tuve más de una pataleta con Dios.

Al final somos hombres, qué le vamos a hacer… y en esta familia que nos sobra algo de orgullo a más de uno, ¡te imaginarás!

Cuando las cosas empezaron a mejorar, en junio, vimos por fin de nuevo la posibilidad de casarnos con invitados (ya que pensábamos hacerlo de todas maneras).

¡Y llegó la boda! ¡Al fin llegó la boda! ¡No me lo podía creer!

Como sabes, lo pasé mal las semanas de antes.

No tanto por los preparativos, sino porque el virus seguía amenazante y un brote el día de la boda me asustaba muchísimo.

Afortunadamente y gracias a Dios, ese fin de semana fue el mejor para casarse según he oído decir y voy comprobando.

Había pocos casos y los rebrotes no se daban con tanta frecuencia como un mes después.

¡No tuvimos que lamentar ningún contagio!

Y además pudieron asistir todos los familiares y amigos que quisieron y se atrevieron.

Todo salió muy bien pero el problema no había terminado.

Confinaron Lleida de nuevo el mismo día de la boda. Si llega a ser un día antes no nos dejan salir de ahí para ir a Bilbao.

Hasta nos hizo un día estupendo después de estar toda la semana lloviendo, lo que ayudó a que pudiéramos celebrar la boda en el jardín , al aire libre. Nos daba más tranquilidad a todos.

Por todo esto me he pasado las semanas posteriores dando gracias a Dios. Todo salió bien. Nos casamos y pudimos compartir el día con la gente que queríamos. ¡Quien lo iba a decir las semanas anteriores!

Me he acordado mucho de la gente que los meses antes, durante mi estado de nerviosismo, me decíais que confiase en Él.

¡Un beso muy fuerte! Y no sabéis que feliz soy y como me gusta estar casado!

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