
Querid@s hij@s: nos quedó pendiente la segunda parte de este post y allá va.
Igual este post va a ser un poco más largo y denso, pero paciencia por vuestra parte que creo que la ocasión lo merece. Si tenéis dudas, aclaraciones o discrepancias, este verano lo podemos ir hablando en las largas tertulias de Carbonero, si nos dejamos hablar unos a otros y no nos quitamos la palabra, jeje. Además acabamos de terminar de dar papá y yo un curso de preparación al matrimonio a seis parejas que nos ha dado ocasión de profundizar en el tema.
La ayuda mutua es un fin precioso del matrimonio cristiano, qué bonito es pensar que papá está aquí para ayudarme en todo lo que me haga falta y yo para ayudarle a él en lo que se tercie. Ayudarnos en todo: en la cocina, con los niños, en el jardín, en los problemas o problemillas, a arreglar las bicis,… pero sobre todo y como esencia, ayudarnos a ser felices y a ser santos. Esa es la ayuda mutua más importante, las demás son solo ayuditas.
¿Y cómo gestionamos esta ayuda? ¿Cómo puedo ayudar a mi cónyuge a ser más feliz y más santo? Voy a explicaros como lo veo yo, por si os sirve. Posiblemente se os ocurran mil formas de ayudaros y todas estupendas, pero vamos a hacer hincapié en dos fundamentales.
- Querernos con los defectos.
- Querer como uno quiere ser querido.
1) Querernos con los defectos.
¡Qué fácil lo decimos y qué difícil es llevarlo a la práctica! Nos casamos pensando que esos defectos ya se le pasarán, o incluso sin ver ningún defecto, que es peor. Y según pasa el tiempo empiezan a darnos rabia sus defectos y estamos deseando recordárselos para desahogarnos y porque creemos que así, una vez dicho, le van a desaparecer.
Pero normalmente no es así, no sólo no desaparecen sino que a veces causa rabia en el otro cuando lo decimos y produce el efecto contrario.
Ayudar al otro tiene más que ver con gestos de humildad, paciencia y comprensión por nuestra parte que con soltarlo “para ayudarle”, como nos solemos decir a nosotros mismos antes de soltarlo.
No es verdad que nos queremos con nuestros defectos si no notamos que nos “escuece” y nos mordemos la lengua y el orgullo muchas veces. Esta es la mejor prueba de que nos queremos con nuestros defectos. Y eso significa, por ejemplo, que no repito al impuntual “has llegado tarde”, ni repito al desordenado “esto no está en su sitio”, ni voy corrigiendo otras manifestaciones de sus defectos, o de su carácter, que a mí me molestan.
Nuestro cónyuge no es nuestro hijo y producen rechazo en el otro los comportamientos recriminatorios.
Solo si un@ es muy simpátic@ y sabe decirlo sonriendo y de manera muy positiva y amable, de forma tan agradable que al otro le enternezca, entonces sí se puede decir, pero no suele ser lo más habitual. Lo solemos decir cuando estamos molestos con el otro por su defectillo y ese malestar se nota.
¿Y no puedo decirlo nunca? Nos preguntaba el otro día en la sesión un asistente al curso de matrimonio, un poco asustado. Sí, primero rezas por él y luego lo dices, de manera clara, sencilla y sin cebarte en el tema. Sobre todo hay que decirlo cuando ves que si no lo dices se puede quedar metido en tu lista de agravios.
Nos puede ayudar un truco: no hay que decirlo cuando te lo pide el cuerpo y estás deseando desahogarte, sino en ese momento que estáis felices y ya no te molesta, cuando ya no lo dirías.
Si el defecto es ofensa a Dios es importante decirlo siempre, pero con el mismo procedimiento.
Sólo así y rezando mucho el uno por el otro, rezando mucho juntos y rezando cada día por quereros más y mejor, iremos ayudándonos en nuestro camino de mejora, nuestro camino a la felicidad y nuestro camino al cielo.
Además actuar así nos hace crecer en virtudes. Es más, los defectos de mi cónyuge son los que yo necesito para mejorar y crecer en una virtud determinada. Dios hace así de bien las cosas.
2) Querer como uno quiere ser querido.
Siempre me han inspirado estas palabras de Tomás Melendo, doctor en Ciencias de la Educación y en Filosofía:
PARA LOS VARONES Y LAS MUJERES, EL MODO DE AMAR FUNDAMENTAL EN EL MATRIMONIO, EL MÁS PROPIO, EL MÁS DIFÍCIL Y EL MÁS JUGOSO ES PERMITIR Y HACER SENCILLO Y AGRADABLE EL QUE NOS AMEN. DEBO HACER AMABLE Y FACILITAR QUE ME QUIERAN.
Y esto es así no sólo porque si hago amable que mi marido/mujer me quiera me sentiré más querido/a, sino también porque haciendo que mi cónyuge me quiera saco lo mejor de él (todos sacamos lo mejor de nosotros desde el amor) y le ayudo a perfeccionarse e ir al cielo a través del cariño hacia mí. Mi marido, mi mujer, queriendo más va a ser mejor persona y odiando, gruñendo o aguantando sólo sacamos lo peor de nosotros dos.
Tengo que hacer todo lo que pueda para que mi cónyuge ame mucho y facilitárselo.
Es bueno ver nuestra relación desde fuera y fijarnos en si, con mi comportamiento, carácter, detalles, amabilidad,… estoy poniendo fácil o difícil a mi cónyuge que me quiera.
Y…¿COMO HACER AMABLE QUE ME AMEN? ¿COMO HACER QUE MI CÓNYUGE SE DERRITA DE AMOR CONMIGO?
Pues podemos pensar cada uno en qué es lo que más le gusta a nuestro cónyuge. Desde preparar una comida que le gusta, acompañarle a un plan que no me apetece, escribirle una carta de amor, tener detalles con su familia, facilitarle alguna afición, mandarle un ramo de flores sin motivo, colgar un cuadro pendiente, ofrecerte a dar el biberón de las 4, dejarle al otro que elija la película que vamos a ver… En fin, mil detalles que hacen la vida agradable y cada matrimonio sabe e intuye perfectamente.
Pero vamos a profundizar e ir al Evangelio y ver qué nos dice el inventor del matrimonio (que diría papá) sobre cómo deberíamos amarnos. Allí nos encontramos con la Carta de san Pablo a los Colosenses que lo dice muy clarito:
“Esposas, someteos a vuestros maridos, como es propio en el Señor” (Colosenses 3-18)
“Maridos, amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas” (Colosenses 3-19)
¡Pues más claro el agua, chicos! Pero eso de la sumisión está muy mal visto actualmente y he visto a muchos buenos cristianos burlarse de este texto y decir que era cosa del pasado. Os confieso que yo antes era de ésas, pero desde hace ya tiempo, cuanto más profundizo más me gusta la idea de la sumisión y la encuentro más acertada e interesante.
Estamos hablando de una sumisión que no es la de un borrego. Sumisa es obediente, dócil, complaciente, deferente, respetuosa. Sumisión entendida cómo fortaleza, no cómo debilidad. No es «haz todo lo que él diga». Es elegir ceder, escuchar y confiar. Pelear por tener siempre la razón desgasta la relación. Sumisa es la que sabe ceder para que gane la relación. Una mujer sumisa sería una mujer que hace que el hogar sea un lugar de paz.
No es dependencia ni anulación, la mujer debe tener su propia vida, trabajo, amigos y opinión. Ser sumiso es más una actitud del corazón en el matrimonio: respetar al cabeza de familia, no competir, apoyarlo. Un edificio se sostiene porque la base, los cimientos, están abajo. Nadie ve la base, pero si falla se cae todo. Queridas Hijas, ilusionaros por ser esa base que ¡vosotras podéis!. Seréis la que sostiene la casa, la paz, la organización y el clima emocional. No es competir por quién manda más arriba, sino entender que el poder real está en sostener.
El marido, en el matrimonio cristiano, es el cabeza de familia y necesita antropológicamente la sumisión así entendida, de su mujer.
Concretando esta sumisión y solo teniéndolo claro aceptamos, porque nos da la gana, darle la razón aunque no la tenga, y no le contradecimos ni le vamos discutiendo o corrigiendo, ni nos plantamos desmontando sus ideas.
También aceptamos, porque nos da la gana, que no se siente respetado cuando se siente postergado, o no se tiene en cuenta su punto de vista o que su mujer pase de él en ideas o comportamiento.
Tampoco le gusta una independencia excesiva en la relación.
No soporta ser, cómo decía mi amiga, experta en matrimonio y familia, “un osito de peluche de su mujer”, o que lo parezca.
La mujer, en cambio, necesita más del cariño físico y continuo. Necesita la cercanía física y espiritual con su marido, que la traten con amabilidad y delicadeza, que todos los días le digan que le quieren mucho y sólo a ella, que la vuelvan a elegir sobre todas las demás. Y que el marido se lo repita.
Que la abrace y toque, que le hable sin “aspereza” y sin tono de riña, que le pida perdón cuando no lo ha hecho así, que le pregunte cómo se siente, que le dedique una canción romántica, que le diga que pensaba en ella mientras escuchaba esa música, que la bese al entrar y al salir y al irse a dormir,… En fin, necesita romanticismo. Necesita que el enamoramiento siga, no le vale con el amor racional de saberse querida, necesita sentirse querida. El hombre busca más saberse querido y la mujer lo que necesita es sentirse querida.
Y con el juego de estas dos formas de hacer amable que te amen, el amor conyugal crece.
A la mujer le suele costar menos y elige (porque le quiere y porque le compensa) ser “sumisa”, dócil, respetuosa con su marido pero siempre y cuando él la trate con delicadeza y romanticismo. Cuando le repite cada día que es el amor de su vida, que no mira a otra ni por asomo, cuando la trata con delicadeza y sin aspereza, presume de ella en público y privado, o le dice que no concibe la vida sin ella, cuando la mujer se siente tratada como una reina trata a su marido como a un rey. Se convierte entonces en la “sumisa” más feliz del mundo y además sabe que de esta manera saca lo que quiere de su marido que la adora, la trata como a una reina y daría su vida por ella.
Cuando no es así, cuando no se siente tratada de esta manera, la mujer no quiere ser sumisa, se rebela y se va o se calla y sufre y se libera si se queda viuda, jeje.
Muchas mujeres en el pasado han vivido así y sin posibilidad económica, cultural ni social de cambio y de este sufrimiento de muchas mujeres ha salido el buen feminismo. El pasado está lleno de mujeres sumisas por obligación y sin recibir cariño y romanticismo a cambio y que han sufrido mucho.
La “sumisión” que pide el marido, si no es correspondida con mucho amor y romanticismo por su parte, se convierte en rasgos machistas que como poco manchan la relación y pueden terminar, si se acentúa, en machismo e incluso en violencia de género cuando se une un marido colérico e irascible y sin formación ni control sobre él mismo.
No hace mucho oí decir a un gran filósofo (siento no acordarme del nombre) que la violencia de género tiene raíces antropológicas, y estoy totalmente de acuerdo. Evidentemente no lo estoy excusando y reivindico las virtudes como guía para el comportamiento del varón para no llegar jamás ni a rozar la violencia.
No es fácil ser sumisas las mujeres ni es fácil querer con tanto enamoramiento y romanticismo los maridos (por el pecado original). Por eso, aunque sepamos la teoría, se necesita de nuestra lucha personal y crecimiento en virtudes para querer así. Pero merece la pena queridos hijos; pongamos el esfuerzo maridos y mujeres en este campo porque merece la pena. Nadie ha dicho que sea fácil pero es posible, y mejorar en este aspecto va a mejorar mucho nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestra vida y nos va a dar felicidad y evitaremos sufrimiento a lo tonto.
Si no os conformáis con un matrimonio de ir tirando, o de pacífica convivencia, fieles por obligación o por costumbre…que “ ni mata ni espanta” que diría abuela Nieves, si queréis mucho más; un matrimonio en el que a los 20 años de casado y a los 30 y a los 40 y a los 50 y a los que Dios os quiera dar sigáis sabiendoos queridos, sintiéndoos queridos y sintiéndoos deseados , éste y no otro es el camino.
Un beso muy fuerte a todos y quedáis emplazados para llevar el tema a cualquier tertulia de agosto en Carbonero.
Mamá
